Hotel Rural LA CASA DEL DIEZMO
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      RELATO GANADOR

              ''Ocho palabras y dos tetas''                                         escrito por                                             José Manuel Garcia Durán.

 

Fariseo, el viejo loro del que me hice cargo tras la muerte de Doña Vicenta, fue el primero que se dio cuenta de que algo había cambiado. Al principio no entendí (o no quise entender) lo que aquel pajarraco graznaba: “¡Tetas!, ¡Tetas!”, parecía que dijera.

 

Y sí, allí estaban, como si fueran dos cebollas o, más bien, dos gritos. Como dos lunas recién amanecidas.

 

Me vendé los pechos para tratar de disimularlos y, desconcertado aún, terminé de abotonarme la camisa. Un tañido broncíneo se coló por la ventana, en poco más de treinta minutos todo el mundo clavaría sus ojos en mí, en mis gestos y en mis palabras. Cogí el mismo libro de todas las mañanas y aparentando una seguridad que no sentía, me dirigí a la “oficina”.

 

Busqué las calles menos concurridas por temor a cruzarme con alguien que me conociera. En realidad, todos nos conocíamos, resultaba imposible el anonimato en un pueblo de ocho mil almas. Pero nadie sabía que tenía tetas. ¡Tetas!, con todo lo que yo había despotricado de las mujeres... “La boca es mu catigá”, decía siempre mi madre.

 

Conforme me acercaba al atril, seguido de mi ayudante, el silencio se fue adueñando de la sala como si fuera una mala hierba. Decidí iniciar mi discurso con toda la naturalidad del mundo, como lo venía haciendo desde hacía más de cincuenta años, con la Fórmula Trinitaria:

 

- In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti...

 

Al alzar mis brazos para hacer la señal de la cruz, sentí que las vendas cedían y dejaban libres mis pechos recién nacidos. Iba a ser un día duro, también sería duro lo que me restaba de vida. Y más aún, después de haber dicho lo que había dicho durante más de medio siglo desde aquel mismo lugar... 

 

 

       RELATO FINALISTA

                        ''A las cinco''                                                        escrito por                                                        Elena Olivella.

 

    Aquella tarde a las cinco, Juan acabaría con la vida de Sara, su ex mujer.

 

    Tras la aparente cordialidad con la que Juan llevaba su reciente separación, se escondía una rabia contenida, que como una hiena agazapada tras la maleza, esperaba su oportunidad de venganza.

 

    Después de comer, Juan se echó en el sofá y con la frialdad de quien no tiene escrúpulos, se quedó dormido.

 

    Le despertó el sonido de un timbre. Juan se sentía más ligero y vio con estupor que su cuerpo era el de una mujer. Lanzó un grito y su voz era ahora aguda y limpia.

 

    Miró a su alrededor y comprobó que no estaba en su piso sino en la casa que había compartido con Sara durante su matrimonio.

 

    Corrió al lavabo para mirarse al espejo y lo que vieron sus ojos reflejado en él fue el rostro de Sara.

 

    Tenía que salir de allí. Miró el reloj del comedor.  Eran las cinco. El timbre de la puerta seguía sonando. Abrió la puerta de la calle.

 

     Era Juan.

 

 


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